Martin
Shaw
El papel y el carácter
de la guerra en la transición global
(Eduardo Andrés, Sandoval Forero y Robinson Salazar Pérez, América
Latina: Conflicto, Violencia y Paz en el Siglo XXI, Mexico City: Librosenred,
2003, 15-44.)
La globalización ha sido entendida, generalmente, como un
conjunto de procesos que tienen lugar en la economía, la cultura y la sociedad.
La literatura sobre el tema tiende a analizar los cambios políticos como
consecuencias de la globalización (Scholte, 1997). El Estado, se afirma a
menudo, es minado por la globalización. Se ha hablado escasamente de la guerra
en la literatura sobre la globalización. En la literatura más especializada
referente a la guerra y a la violencia han sido propuestos algunos vínculos:
las tendencias tales como la fragmentación de los Estados-nación, las
relaciones transnacionales entre comunidades étnicas, movimientos
transnacionales de refugiados causados por la guerra, así como los mercados
globales de armamentos, han sido identificados como fenómenos relacionados con
la globalización (Kaldor, 1997). Los debates acerca de la globalización y los
que giran en torno a la guerra no se han tocado entre sí. Falta un intento
sistemático de integración de la comprensión de la guerra con la teoría global.
En este capítulo
argumento, por una parte, que globalización no puede ser comprendida sin una
comprensión del papel de la guerra en la historia contemporánea, y, por la
otra, que la guerra no puede ser entendida sino dentro del contexto global.
Trato de mostrar lo que ocurre cuando ponemos a la guerra dentro de la
globalización y la globalidad dentro de la guerra. El argumento involucra, por
consiguiente, una doble revisión: nuestras ideas tanto acerca de la globalización
como referentes a la guerra son transformadas en el proceso.
El significado de la
globalidad
A pesar de que el significado literal de la palabra globalización debe ser el de hacer
globales las cosas, ha habido un debate sorprendentemente escaso acerca de lo
que significa la palabra global, en
la literatura sobre este tema. Se ha utilizado continuamente ese adjetivo como
sinónimo de mundial, y hasta de internacional. Y aunque el proceso de la
globalización debe seguramente hacer que las cosas sean más globales, la
condición global que debe ser su resultado apenas si ha sido nombrada, mucho
menos entendida. Sólo recientemente han comenzado algunos autores a utilizar el
término globalidad, para describir la
condición de un mundo globalizado (Albrow, 1996).
¿Qué significa global?, ¿cuáles podrían ser los
elementos constitutivos de la globalidad?
La respuesta más sencilla indicada por la literatura sobre el tema parece ser
que representa el colapso de los límites espaciales. Se le ha definido en
algunos escritos como la tendencia de las relaciones sociales a tener un
alcance o escala global, junto con una intensificación de tales interconexiones
globales a causa de la compresión de las relaciones de tiempo y espacio
(Giddens, 1990; McGrew, 1992: 23). Estas tendencias están relacionadas también
con una creciente comprensión del mundo como un ambiente común a toda la
humanidad. Los globalistas ecológicos presentan a la vida humana como una parte
de un sistema planetario en el globo terráqueo.
En las ciencias
sociales, empero, nuestra común humanidad sigue siendo un concepto de
relaciones sociales. El fundamento
social preponderante de la globalidad, podríamos concluir, es la tendencia
creciente de estas relaciones a desarrollarse dentro de un marco común de
significado de escala mundial (Shaw, 1994: 1-28). Los actores enmarcan sus
acciones cada vez más dentro de una referencia a una sociedad mundial común,
más que nacional o regional. Esto coincide con el significado ecológico, en la
medida en la que el ambiente físico de la sociedad humana es comprendido de
manera creciente como algo que da forma a este contexto social común y que es,
a su vez, conformado por él.
¿Qué clase de acciones
o de relaciones sociales constituyen un mundo global? Aunque en principio la
globalidad está constituida por relaciones sociales en general, algunas formas
de éstas han dominado la literatura. Se entiende frecuentemente la
globalización como referida primariamente a las relaciones económicas, y
secundariamente a las culturales. En las relaciones globales, el mercado manda,
y la aplicación de este dominio a las relaciones culturales a través de las
tecnologías de la comunicación, completa el globalismo.
Dentro de esta visión
dominante se entiende la política, principalmente, como un epifenómeno. No
constituye a la globalización, pero sí es afectada por ella. Se ve a las formas
políticas, especialmente a la nación-Estado, como minadas por la globalización.
Una crítica académica de la globalización deberá mostrar que las economías no
son tan desnacionalizadas ni los Estados-nación tan ineficaces como sugieren
los globalizadores (Hirst y Thompson, 1995). Una política alternativa es, en
muchas versiones radicales, una de resistencia a la globalización, en tanto que
la guerra y la violencia solamente entran en el cuadro como ejemplos de lo que
pasa cuando los Estados-nación son debilitados por las fuerzas globalizantes.
Tanto los partidarios
de la globalización como quienes se oponen a ella se han tragado el mito del mercado,
en tanto que los críticos académicos desafían este mito en sus propios
términos; como si las tendencias del mercado pudieran transformar el mundo y debilitar a los Estados, inclusive
si es que no lo han hecho ya en la medida postulada por los globalizadores. Sin
embargo, esta opinión es insostenible. Las relaciones de mercado siempre han
dependido de las relaciones de autoridad y de la organización de la violencia
tanto como han influido sobre ellas (Mann, 1986). Las formas estatales han
cambiado en parte porque los cambios en los patrones de la actividad de los
mercados han creado nuevas posibilidades de movilización del poder. La maneras
en que los Estados y otros actores han movilizado la violencia, empero, han
tenido enormes efectos sobre la capacidad de los actores del mercado para
producir y vender mercancías. Esta perspectiva histórica está ausente en la
mayor parte de los debates acerca de la globalización. Un análisis equilibrado,
con sensibilidad histórica, de los procesos contemporáneos tratará de captar
las relaciones mutuamente constitutivas y contradictorias de Estados y
mercados, más bien que aceptar una noción unidimensional basada en la hegemonía
del mercado.
La guerra en la
constitución del orden global
En la segunda parte de
este capítulo deseo bosquejar, por consiguiente, una descripción histórica en
la que se destaca el importante papel jugado por las relaciones estatales y la
guerra en la constitución de la globalidad. El mundo global naciente del siglo
XXI es un orden político tanto como una forma de economía o de cultura
dominadas por el mercado. Como otras formas anteriores de orden mundial,
involucran nuevas formas de Estado, más bien que una negación general de ellas.
Podemos inclusive decir que son el desarrollo de nuevas relaciones estatales,
de nuevos modos de violencia y de nuevas formas estatales lo que está definiendo a la globalidad como a una
época distinta.
Es necesario hacer aquí
algunas aclaraciones conceptuales. Cuando hablo de relaciones estatales quiero decir
aquellas en las que las instituciones estatales se encuentran empotradas: lo
que se considera comúnmente como relaciones entre el Estado y la sociedad, más
que relaciones entre los Estados. Cuando hablo de relaciones de violencia aludo
a las relaciones sociales en las que hay una movilización en gran escala de
fuerza física: las relaciones que han enmarcado históricamente a los centros
del poder estatal. Con la expresión “formas estatales” quiero aludir a las
formas institucionales del poder estatal. No solamente a las estructuras de los
centros individuales del poder estatal, tales como los Estados-nación, sino
a las estructuras de las relaciones
entre las diferentes formas estatales.
A principios del
periodo moderno, el crecimiento de la actividad mercantil dentro del Estado
feudal no llevó directa o sencillamente al desarrollo del capitalismo. Las
transformaciones de la comunidad política respondieron al crecimiento de las
relaciones mercantiles al mismo tiempo que las facilitaron. Se ha supuesto
generalmente que la principal forma política que surgió de esas
transformaciones fue el Estado-nación. De hecho, empero, la forma estatal de
principios de la modernidad fue el Estado
dentro del sistema interestatal europeo, el carácter moderno del cual fue
definido por primera vez en el Tratado de Westphalia. Este sistema solamente
adquirió gradualmente un carácter nacional (y, por consiguiente,
internacional). El Estado europeo moderno fue imperial tanto como nacional, y
hasta primero imperial que nacional. La forma dominante dentro de este sistema
fue el Estado-nación imperial. La extensión de la autoridad de los
centros europeos de poder a territorios no europeos insertó a estos Estados en
relaciones sociales de escala mundial. Esto significó, asimismo, que las formas
tempranas de economía mundial estaban basadas en formas mundiales imperiales,
caracterizadas por relaciones más o menos inconexas, económicas y culturales
tanto como políticas (Shaw, 1997).
La economía mundial y
el universo cultural, nacional e internacional, dominado por los poderes
europeos, prefiguraron a la globalización; no fue, empero, en el sentido
contemporáneo, un mundo global. Es instructivo entender por qué no lo fue. No,
porque las conexiones transcontinentales fueran débiles, a escala mundial; está
claro que, por el contrario, estaban creciendo, y que tomaban la forma de
comercio y comunicación internacionales. No fue porque las fronteras de los
imperios estuvieran completamente cerradas: también está claro que las atravesaban
tanto el comercio como la cultura. Lo que sucedió fue que esas fronteras eran
siempre potencialmente y a veces de hecho, aunque no estuvieran cerradas, fronteras de violencia. Había monopolios territoriales de violencia
más o menos desconectados entre sí como lo sugirió Weber (1978:54); los
imperios eran “contenedores de poder limitado” (Giddens, 1985). En tal mundo
dividido, la globalidad era todavía un sueño.
Los críticos de la idea
de la globalización argumentan a menudo que el mundo anterior a 1914 estaba
caracterizado por niveles de comercio internacional, ya que no de intercambio
cultural, que se dan en el mundo contemporáneo (Hirst y Thompson, 1995).
Podemos ver ahora en dónde estuvo su error. La diferencia fundamental entre el
mundo anterior a la globalización y el de ésta no son económicas ni siquiera
culturales, sino políticas. El mundo del siglo XIX era un mundo dividido de
naciones-Estado imperiales en mutua competencia; el mundo global que está
surgiendo en el siglo XXI es uno en el que ha ocurrido una unificación política
que hace que los límites territoriales que separan a las jurisdicciones
estatales ya no sean, en muchos casos, fronteras de violencia. En lugar de la
competencia violenta de imperios o bloques tenemos una estructura mundial
emergente de autoridad. Esta nueva forma de Estado-nación, si bien es más
universal, está también en gran parte desvinculada de su contexto de historia
bélica. Han sucedido transformaciones fundamentales de relaciones estatales, de
relaciones de violencia y de formas estatales.
¿Cómo ha surgido un
orden global, históricamente, durante el siglo XX?, ¿ha habido simplemente un
crecimiento espontáneo del intercambio comercial y cultural, lo que ha
provocado que las fronteras pierdan gradualmente en importancia? Basta con
enunciar esta tesis para ver cuan inadecuada es como un resumen de la historia
mundial en el siglo XX, y podemos entonces colocar a la globalización en su
perspectiva histórica. Contrariamente a esa tesis, para pasar del orden
imperial del 1900 al mundo global del 2000, el mundo ha tenido que pasar por
una violenta transición, por un siglo de guerra mundial y de guerra fría.
El sistema
internacional de Estados-nación imperiales llevó a la guerra total: a la
concentración extrema de la economía, la sociedad y la cultura en el esfuerzo
bélico por esos Estados-nación imperiales; de tal manera que la autarquía
amenazaba con suplantar al comercio internacional, y el genocidio a cualquier
cultura cosmopolita. La guerra total generó, a su vez, la política totalitaria,
y el espectro orwelliano de un mundo dividido entre bloques rivales tanto
ideológicos como imperiales. Fue solamente desde esta manifestación extrema del
orden mundial nacional-internacional, de la más destructiva y extendida violencia
mundial, que surgió la posibilidad de un orden global. La experiencia común a
escala mundial de matanza y victimación masivas, y la común decisión mundial de
evitar su repetición, llevó a una perspectiva ampliamente compartida de un
nuevo orden mundial en 1945, basado en la cooperación entre los Estados-nación
en el nuevo sistema de las Naciones Unidas. Fue la “dialéctica de la guerra”
(Shaw, 1988) lo que enfocó la atención mundial sobre la posibilidad de la
globalidad.
El proyecto de un mundo
global de 1945 nació muerto a causa de la rivalidad entre el bloque occidental
y el soviético. A pesar de esto, 1945 fue el punto decisivo en el movimiento
hacia la globalidad. En un desarrollo posterior de la paradoja, fue la Guerra
Fría con todos sus peligros, la estructura política en la que se nutrió la
infraestructura de la globalidad. La victoria de 1945 abolió la estructura de
competencia entre naciones-Estado imperiales que representó la culminación del
orden mundial nacional-internacional. De los imperios rivales de la primera
mitad del siglo XX, Austria-Hungría se desintegró después de 1918. En 1945,
Alemania y Japón fueron derrotados fundamentalmente, e Inglaterra y Francia,
aunque victoriosas, perdieron su poder; sus sistemas internacionales se convirtieron
en componentes de un orden occidental mundial de Estados independientes.
Únicamente permanecieron Estados Unidos y la Rusia Soviética, los nuevos
superpoderes de un periodo, en el que los bloques
de Estados reemplazaron a los Estados-nación imperiales.
En el nuevo orden
mundial de bloques, las formas estatales del sistema nacional-internacional
fueron preservadas en gran parte. Los bloques fueron, formalmente, alianzas de
Estados-nación y, por consiguiente, de sociedades y culturas. En este sentido,
el orden basado en bloques de la Guerra Fría seguía siendo un orden
nacional-internacional. En tanto que el bloque soviético era poco más que un
imperio ruso reconstruido y aumentado, con una forma totalitaria; sin embargo,
el bloque occidental fue la incubadora en la que crecieron nuevas relaciones
estatales, relaciones de violencia y formas estatales. Dentro del bloque
occidental, la economía y la sociedad fueron integradas de manera trasnacional
de modo creciente. Las fronteras de violencia entre los principales Estados
occidentales fueron abolidas: las relaciones de violencia fueron transferidas a
la frontera con el bloque soviético y a otras fronteras de menor importancia en
el Tercer Mundo. La forma estatal de la nueva ya no era simplemente el Estado-nación
dentro del sistema interestatal. La nación-Estado solamente existía ya en el
contexto de una panoplia de alianzas militares y de instituciones económicas
internacionales que constituían el más amplio conglomerado occidental de poder estatal.
Este “Estado
Occidental” (Shaw, 1997) tenía claramente funciones semi-globales durante el
periodo de la Guerra Fría. Sólo hasta cierto punto pudo funcionar el sistema de
las Naciones Unidas como un conjunto de instituciones globales durante ese
periodo. Algunas instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, dominadas por Occidente, sí tuvieron, empero, alcance global. Amplias
instituciones occidentales como la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económicos, y otras de menor alcance como el Grupo de los Siete,
sentó en gran parte los parámetros de la administración económica global. El
Estado Occidental también dominaba al llamado Tercer Mundo, a través de las
vinculaciones poscoloniales de grandes partes de Asia y África, con Inglaterra,
Francia y otros poderes imperiales, así como la dependencia continua de la
mayor parte de América Latina respecto a Estados Unidos. En todas estas
maneras, el Estado Occidental tenía un alcance genuinamente mundial del que
siempre careció su rival soviético.
El viejo orden
nacional-internacional fue altamente atenuado en el mundo de la Guerra Fría.
Como resultado de ésta, por una parte, surgió un nuevo sistema de conflicto
militar bipolar de bloques, que podríamos considerar como la forma final del
viejo orden mundial nacional-internacional. Ese sistema no pudo ser un
rompimiento decisivo del viejo orden, porque tenía en su centro el conflicto
militar bipolar de los grandes bloques de Estados. A pesar de todos los
procesos que empujaban hacia la globalidad, las estructuras de la Guerra Fría
(sociales tanto como estatales) inhibían los desarrollos globalizantes.
En segundo lugar, de la
misma manera que las relaciones estatales definen a los órdenes mundiales, es
necesario que haya cambios en aquéllas para transformar
dichos órdenes. La crisis militar, política y social de 1945 representó la
primera y más importante etapa en la transición de la
nacionalidad-internacionalidad a la globalidad en el orden mundial. Pero era
solamente un principio. Se requería una ulterior transformación de las
relaciones estatales para hacerlo fructificar. Los movimientos económicos y
sociales dentro de las estructuras de la Guerra Fría podían poner los cimientos
de un mundo global. Únicamente otro giro en las relaciones estatales podía
llevar a la construcción efectiva de ese orden.
Comprensión
de la transición global contemporánea
Tenemos dos grandes imágenes de la transformación mundial
contemporánea. Por un lado está la globalización, entendida como un conjunto de
cambios económicos y culturales que minan a los Estados y sus fronteras. Por el
otro, tenemos la idea de un periodo de posguerra fría, en el que los grandes
conflictos entre los principales Estados son reemplazados por fracturas de
Estados y sociedades menores, pero violentas. Estas maneras de entender esta
transformación pueden ser juntadas a veces por hipótesis ad hoc, pero carecemos de un marco teórico que nos permita darle
sentido a la totalidad de ambos procesos.
Este trabajo
propone que definamos el actual periodo, a la luz del análisis precedente, como
uno de transformaciones que completan el gran cambio comenzado en la Segunda
Guerra Mundial. Para decirlo brevemente, el sistema de bloques de la Guerra
Fría fue una configuración de transición entre el orden nacional-internacional
de la primera mitad del siglo XX y el orden global emergente del siglo XXI. El
comienzo y el fin de la transición de la Guerra Fría estuvieron marcados por
dos grandes crisis políticas y militares: la de 1945-1947, en la que la Guerra
Fría surgió de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, y la de l989-1991,
en la que el orden global surgió del colapso de la Guerra Fría.
Es curioso que
los debates sobre la globalización generalmente toquen sólo tangencialmente el
final de esta última. Y sin embargo la más sencilla reflexión mostrará los
vínculos que los unen: no es un accidente que la globalización se convirtiera
en el tema dominante de la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría.
Aunque el término globalización,
usado por primera vez en los sesenta, ha sido utilizado ampliamente desde los
setenta, y estuvo cada vez más conectado a la comprensión de la liberalización
del mercado en los ochenta. Es en la década de 1990 que ha dominado el debate socio-científico
y, en un grado considerable, el político.
La liberalización
del mercado no era suficiente para darle ese predominio a la globalización, o
para definir un orden mundial. La liberalización económica y la cultural
desempeñaron su papel en hacer la terminación de la Guerra Fría, minando la
viabilidad de los proyectos autónomos del bloque soviético y de los Estados
comunistas del Tercer Mundo, así como su aislamiento ante las ideas políticas
occidentales. Solamente cambios en las relaciones estatales militares-políticas
podían darle todo su alcance a la globalidad. Fue el derrumbe del bloque
soviético de Estados (que en 1989 amenazó con arrastrar consigo al Estado
comunista chino) lo que abrió al antiguo mundo comunista la posibilidad de un involucramiento
pleno en los mercados y comunicaciones mundiales. La globalización, en sus
sentidos convencionales, económico y cultural, dependían de la transición militar y política que se dio al final
de la Guerra Fría.
Así, ¿cómo
deberíamos entender la transición en proceso? No es, evidentemente, un cambio
en las relaciones socioeconómicas fundamentales, sino un proceso en el que las
relaciones capitalistas de mercado son intensificadas y adquieren alcance
internacional. Es, fundamentalmente, una
transición en las relaciones estatales, con importantes implicaciones para
la economía, la sociedad y la cultura, especialmente en aquellas regiones que
durante la Guerra Fría no tuvieron pleno acceso al mercado mundial. La
globalización tiene que ver con la incorporación del mundo entero, más o
menos, en un sistema único de
relaciones de autoridad, centrado en un conjunto único de instituciones
estatales. Es, en la terminología de las Relaciones Internacionales, un mundo
unipolar, en el que por muy imperfecto que sea, un complejo de instituciones
occidentales y de las Naciones Unidas domina a la sociedad mundial entera, más
o menos. En este sentido, la globalidad está constituida por la política, y la
globalización es una transición esencialmente política.
La transición a un mundo global ha sido
terminada solamente en un sentido restringido. Con el colapso del bloque
soviético, ya no hay un centro de autoridad y poder mundiales alternativo,
potencialmente igual. No es probable que haya otra crisis mundial comparable a
la de 1989-1991, por consiguiente. En otros sentidos, la transición es, empero,
profundamente incompleta: tiene un carácter marcadamente inacabado,
contradictorio e inestable. Las relaciones globales de autoridad están
centradas formalmente en un conjunto de instituciones fundamentalmente débil,
en el sistema de las Naciones Unidas, con una muy limitada legitimidad en la
sociedad mundial, limitada autoridad sobre los centros nacionales de poder
estatal, y recursos y capacidades limitados para formular normas y políticas
globales (por no hablar de poder de coacción para su aplicación). La autoridad
global depende excesivamente del Estado Occidental, y más particularmente de
los Estados Unidos, y está mediada decisivamente por las políticas interestatales
e intraestatales del Occidente. Muchos Estados fuera de éste se encuentran
integrados de manera relativamente débil en las instituciones estatales
globales y occidentales (y algunos en la sociedad mundial). Las relaciones
estatales globales a finales del siglo XX representan, manifiestamente, un
marco relativamente débil, inestable y variable para la sociedad global.
La transición al
siglo XXI permanece, por tanto, altamente problemática. Los acontecimientos de
1989-1991 hicieron posible una vislumbre de un mundo global, una que no era
realmente posible durante la Guerra Fría. Pero estos acontecimientos no
produjeron un nuevo orden mundial con algo que se pareciera a una existencia
plena y coherente, por sí mismos. La transición en este sentido, por el
contrario, apenas si ha comenzado. Se ha sugerido que los Estados han sido
“desastres institucionales”. Las relaciones y formas estatales globales
emergentes de principios del siglo XXI no son sólo el mayor conjunto de
instituciones en la historia mundial, sino también las más desordenadas, y
muchas crisis marcarán probablemente sus continuados desarrollo y
consolidación.
Ha habido una profunda transformación en el
papel de la guerra en la transición desde el orden mundial
nacional-internacional hacia el global. En el viejo orden
nacional-internacional, la forma dominante de la guerra era la internacional o,
para ser más precisos, la interestatal; particularmente
entre los principales centros de poder estatal en el mundo. Hubo, al mismo
tiempo, formas importantes de guerra intraestatal o civil. Una dialéctica de
guerra interestatal, revolucionaria y civil fue parte del patrón general de
relaciones estatales durante esta era. Durante el periodo de la Guerra Fría, la
forma principal de guerra era la que se daba entre los bloques, pero ya que
ésta nunca se dio de manera directa “caliente”, también fueron manifiestas
dentro del conflicto entre los bloques las formas secundarias de guerra, tanto
interestatales como intraestatales. Mientras que en las primeras décadas del
periodo de la Guerra Fría, los conflictos más importantes tuvieron que ver con
el desmantelamiento de los imperios europeos, luego tuvieron que ver más con
las rivalidades de los centros independientes del poder estatal, y con las
formas y estructuras de los Estados locales. En tanto que la mayoría de las
guerras tenían un aspecto referente a la Guerra Fría, pocas eran simple o
exclusivamente expresiones de las rivalidades propias de la misma.
La
transición a la Guerra Fría involucró de esta manera la supresión de las principales formas de guerra interestatal que
habían producido la violencia catastrófica de la primera mitad del siglo XX.
Muchos conflictos seguían conectados; sin embargo, con la declinación de las
relaciones imperiales dominantes del periodo anterior, al mismo tiempo que eran
producto de las nuevas relaciones de la era pos-imperial. En la transición
global contemporánea, similarmente, el final de la Guerra Fría ha removido prácticamente
el principal peligro de guerra, entre bloques o superpoderes. Pero aunque ha
removido algunas de las bases de conflictos secundarios que estuvieron
conectados con dicha Guerra Fría, también han surgido como consecuencia de la
desintegración de sus estructuras.
Es
importante subrayar el significado del final del conflicto entre los bloques,
ya que este gran logro recibe poca atención en el debate contemporáneo. Por muy
improbable que haya sido la guerra nuclear intercontinental durante la mayor
parte de la Guerra Fría, hasta la más ligera posibilidad de una guerra tal (y
en ocasiones hubo claramente algo más que eso) puso al orden mundial entero en
el mayor peligro imaginable. La remoción de esta amenaza ha creado una fuerte
presunción de que la paz es la base normal
de las relaciones globales. Es importante enfatizar, asimismo, los efectos de
la remoción de los andamios de la Guerra Fría, de guerras interestatales como
la que se produjo entre Irán e Irak, y de guerras civiles como las de Afganistán,
Camboya y Angola. El final de la Guerra Fría no dio por resultado de ninguna
manera el simple término de estos conflictos: en cada situación, surgió nueva
violencia en los primeros años de 1990. Pero ese final sí redujo algunos de los
mecanismos externos de apoyo, y ciertamente cambiaron sus papeles políticos.
La
década de 1990 estuvo lejos de ser la de paz que pareció anunciar el fin de la
Guerra Fría. Vieron por el contrario tan rápida expansión y transformación de
los conflictos que hizo que se hablara de “nuevas guerras” (Kaldor, 1997). La
cuestión clave para el análisis contemporáneo es la de hasta qué punto estas
guerras fueron efectos a corto plazo de la transición de 1989-1991, y en qué
medida reflejan características estructurales más profundas de las relaciones
estatales en la era global. Está claro que la desintegración de los Estados
multinacionales soviético y yugoslavo en 1991 ha sido ocasión de una serie de
movimientos bélicos en el Cáucaso, Asia Central y los Balcanes, que continúan
después de terminada la década. Aunque estas guerras han sido representadas
como civiles y, más precisamente, como interétnicas, involucran en su mayor
parte conflictos respecto a qué elites controlarán qué Estados sucesores y qué
territorios. Involucran formas exageradas de problemas generales de la
transición de una industria controlada por el Estado a las relaciones de
mercado, por todas estas regiones ex-comunistas. Generan y movilizan al mismo
tiempo formas extremas de la criminalización general de la economía en estas
regiones.
Las
guerras postsoviéticas y pos-yugoslavas no son las únicas que pueden ser
atribuidas a la transición de la pos-Guerra Fría. Muchos conflictos de la
tardía Guerra Fría han sufrido una mutación y se han convertido en nuevas
guerras en los noventa. El fracaso político y financiero de Irak en su
enfrentamiento con Irán en los ochenta lo impulsó a nuevas guerras con Kuwait,
así como con sus propias poblaciones chiítas y kurdas, en 1990-1991. La
coalición encabezada por Estados Unidos y patrocinada por las Naciones Unidas
que expulsó a Irak de Kuwait movilizó tanto el armamento occidental posterior a
la Guerra Fría como una alianza política de la era global con los líderes
pos-soviéticos. Facciones patrocinadas desde el exterior en la Guerra Fría,
como los muhejaddin en Afganistán, los khmer rouge en Camboya y
UNITA en Angola, han peleado en guerras reconfiguradas, pero han perdido en las
nuevas circunstancias políticas. Los regímenes anteriormente apoyados por el
bloque soviético en estos Estados también han sufrido mutaciones o
disoluciones. Pero la retirada del apoyo de la Guerra Fría también ha
precipitado un colapso de regímenes que ha llevado a nuevas guerras (por
ejemplo, en la desintegración de Somalia).
A
pesar de que estas guerras de los noventa pueden ser vistas como ramificaciones
del colapso de la Guerra Fría y del sistema comunista, dista mucho de ser
seguro que puedan ser eliminadas una vez que el periodo transicional se haya
acabado. Muchos nuevos Estados que surgieron de la decadencia de los imperios
europeos en las décadas de 1950 y 1960 han demostrado también ser débiles y
propensos a la desintegración: más aún, es precisamente la aceleración de esta
tendencia en los noventa, lo que ha llevado a tantas nuevas guerras. Las de
Yugoslavia y Asia Central han tenido sus contrapartes en África Occidental (en
Sierra Leona y Liberia), en África Central (Ruanda y Congo, antes Zaire), así
como en Angola, Mozambique y el Cuerno de África. Hasta en Sudáfrica, donde la transición
pos-apartheid se parece en el nivel político formal a las más exitosas
transiciones desde el comunismo, ha habido considerable violencia local.
La
transición global se ve así acompañada de un extenso colapso de formas
estatales locales, notablemente en África y en los Estados excomunistas, que
no podrá ser revertido probablemente a corto plazo. Aunque la transición global
ha involucrado una extensa democratización (no solamente en los Estados
excomunistas, sino en América Latina, Asia y África) al ser removidos los
apoyos de la Guerra Fría a regímenes autoritarios, este proceso ha sido
problemático. Inclusive si es menos probable que los Estados democráticos
consolidados vayan a la guerra, las democracias transicionales, en las que las
élites pueden buscar una nueva legitimidad étnico-nacionalista, pueden generar a menudo movilizaciones
violentas.
Este
problema no pertenece únicamente a Estados relativamente menores en los
Balcanes o en África. La transición global también deja áreas muy substanciales,
a comienzos del siglo XXI, en las que Estados-nación fuertes, más o menos
clásicos, se encuentran insertos de manera relativamente débil en los procesos
de integración (tanto regionales como globales) y en estructuras nacionales
políticas y sociales estables. No solamente en el Oriente Medio, sino en toda
Asia, hasta en enormes Estados como China, India, Pakistán e Indonesia, la
política nacional y las relaciones interestatales pueden todavía interactuar en
maneras que han producido clásicamente grandes guerras. Muchos Estados en el
Oriente Medio y en el resto de Asia tienen grandes fuerzas militares y armas
nucleares, químicas o biológicas; lo que suscita la perspectiva de ulteriores
grandes guerras (más como la de Irán e Irak o la Guerra del Golfo), que como
los más pequeños conflictos localizados de tiempos recientes.
Las inestabilidades de las formas estatales,
tanto en las relaciones entre el Estado y la sociedad como en las que se dan
entre los Estados, aún plantean, por consiguiente, los peligros de una guerra
importante, hasta de una guerra nuclear, a principios del siglo XXI. La
diferencia con el pasado reciente es que antes las guerras locales o regionales
eran vistas como amenazas al sistema de la Guerra Fría, en tanto que ahora son
consideradas como amenazas al orden global.
De las guerras de desintegración estatal y genocidio a los conflictos
interestatales, la guerra representa un problema para la viabilidad de la
globalidad. El orden global emergente supone una coherencia de relaciones de
autoridad desde los niveles local y sub-nacional, pasando por la autoridad
nacional, hasta llegar a los niveles regional y mundial. Para el centro de la
estructura del poder global (las instituciones estatales Occidente-Naciones
Unidas), tanto las inestabilidades intraestatales como las interestatales
representan debilidades en el sistema de relaciones de autoridad que tornan
problemáticas las relaciones globales. Tanto las posibilidades de relaciones
comerciales sin restricción como las normas globales de derechos humanos son
amenazadas por el colapso violento de la autoridad. Este colapso requiere, por
consiguiente, respuestas globales.
La
paradoja de la fase actual de la transición global es que en tanto que tales
respuestas globales son vistas de manera creciente como indispensables, siguen
siendo enormemente inciertas. Los líderes estatales occidentales no han
escogido el liderazgo global, éste les ha caído encima como resultado de su
mismo éxito relativo, de la serie de crisis en la que se han manifestado los
problemas, y de las presiones de los medios y de la sociedad civil (Shaw,
1996). La principal preocupación de los líderes estatales occidentales sigue
siendo sus propios electores. No les gusta la idea de invertir recursos,
personal y autoridad nacionales en instituciones globales. Estas instituciones
continúan basadas, además, en Estados-nación, y muchos Estados no occidentales
son todavía más conservadores, y ven en las extensiones de la autoridad y el
poder globales amenazas a su propia autonomía y soberanía, a su control sobre
su sociedad.
Guerra
degenerada y vigilancia policiaca global
Estos cambios en el papel de la guerra están
relacionados también con las transformaciones en el carácter de la misma. En la era de las relaciones nacionales e
internacionales, la guerra era vista primariamente como una acción política
racional de los Estados, como la continuación de la política por otros medios,
según la famosa definición de Clausewitz (1976). La interpretación de esta
concepción (por las ortodoxias tanto militar como marxista) ha sido a menudo
extremadamente unilateral, subrayando la razón de Estado y descuidando las
implicaciones de la violencia de la guerra. Fue esta lógica de “otros medios”
lo que Clausewitz elaboró en el resto de su obra (Howard, 1981). Él escribió
tras las guerras del nacionalismo revolucionario que marcaron el surgimiento de
“el pueblo” como actor político. Más aún, considero al pueblo como el
responsable de la violencia de la guerra moderna. Su concepto de la “guerra
absoluta” anticipó la totalización moderna de la violencia, pero escribió antes
de la vinculación que realizaría el siglo XX de la movilización del
Estado-nación y la moderna capacidad destructiva.
La
guerra en la era nacional-internacional no podía ser comprendida, por tanto, en
términos puramente clausweitzianos. La nueva forma de la guerra era la síntesis
del Estado, la nación y la sociedad industrial
(Shaw, 1988). Desde el siglo XVII en adelante, la disciplina militar había
anticipado la disciplina industrial. Pero desde mediados del siglo XIX la
preparación para la guerra había unido las nuevas tecnologías industriales de
la manufactura, el transporte y las comunicaciones. Al mismo tiempo, el
ejército masivo de reclutas, visto por primera vez en la Francia
revolucionaria, fue organizado en lo que sería más tarde llamado complejos
militar-industriales, sectores industriales financiados por los Estados y
protegidos de las fluctuaciones del mercado (MacNeil, 1982). El simultáneo
surgimiento de la política de masas y de los medios masivos de difusión
llevaron al militarismo masivo clásico de la movilización y la propaganda
patrióticas.
El
resultado de estos cambios decimonónicos no consistió únicamente en remover
muchas de las anteriores restricciones a la violencia (la fricción de la que
había escrito Clausewitz), sino en desarrollar una infraestructura social para
matanzas masivas que no sólo transformaría la guerra, sino que inundaría a la
sociedad. Este nuevo “modo de hacer la guerra” (Kaldor, 1982) fue la guerra
total: total no solamente en cuanto se refiere a la violencia entre sus
protagonistas, sino en su movilización de la economía y de la sociedad, y en su
eficacia asesina en contra de las poblaciones civiles. La guerra total involucraba
relaciones dinámicas entre el Estado y la sociedad (Shaw, 1988). Al movilizar a
la economía y la sociedad hacia la guerra total, las naciones-Estado las
transformaron primero en máquinas bélicas semi-autárquicas, y después las hizo
blancos para la violencia industrializada de otros Estados. En la culminación
del sistema nacional-internacional de guerra total de 1939-1945, la guerra se
hizo doblemente genocida, como resultado tanto de decisiones estratégicas (los
bombardeos aliados de áreas enteras) y de ideologías políticas (el exterminio
nazi y soviético de minorías).
Este
modo total de hacer la guerra sufrió una doble transformación en la Guerra
Fría, en la era nuclear. Por una parte, el refinamiento de la capacidad para la
destrucción instantánea representaba la posibilidad de la realización
desenfrenada de la tendencia hacia la guerra absoluta. En este sentido, la
totalización de la guerra se extendió.
Por el otro lado, la posibilidad de que los Estados desarrollaran esta
capacidad sin necesidad de una movilización masiva significaba que descansaban
cada vez más en fuerzas militares profesionales y fuerzas laborales
tecnológicamente sofisticadas, relativamente pequeñas. Por el lado de la
movilización la totalización quedó disminuida
en la línea de esta tendencia, características mayores de la guerra total como
el control estatal de las economías, el totalitarismo político y el
reclutamiento, pasaron todas de moda. La sociedad occidental en el periodo de
la Guerra Fría tuvo una relación paradójica hacia la guerra: por un lado se
enfrentó a una amenaza absoluta por la capacidad enormemente aumentada para
matar, pero en el otro fue desmovilizada y se convirtió, en muchos sentidos, en
pos-militar (Shaw, 1991).
La
paradoja del modo de hacer la guerra en la segunda mitad del siglo XX se resume
en el hecho de que la principal forma de violencia fue la Guerra Fría,
planeada, pero no peleada, “guerra imaginaria” (Kaldor, 1991). La concepción
dominante de la guerra como medio racional de los Estados fue ubicada dentro de
este universo mental, hasta el punto de que ignoró las guerras calientes que
efectivamente eran peleadas. Estas guerras, como las de la era
nacional-internacional en su conjunto, eran tanto interestatales como
intraestatales. Aunque el pensamiento convencional de esta era, mantenido
durante la Guerra Fría, era que las guerras interesatales y las civiles eran de
distintos tipos, la manera de llevar a cabo la guerra durante esta era cruzó
esta frontera. De la revolución a la guerra civil y de allí a la internacional,
y viceversa, fue a menudo el circuito
de la violencia. La guerra de guerrillas (que en sus formas de mediados del
siglo XX fue claramente una variante de la guerra total) fue tanto una forma de
la violencia revolucionaria como un elemento de la guerra interestatal. En
tanto que algunas guerras mayores (de la de Corea a la de Irán-Irak) se
parecieron a las luchas convencionales del periodo de la guerra total, en otras
(como Vietnam y Argelia) la violencia no convencional desempeñó un papel
principal (como, por supuesto, lo hizo en muchos lugares en 1939-1945). Las
guerras calientes del periodo de la Guerra Fría continuaron la tendencia de las
guerras mundiales hacia una proporción de bajas civiles mayor que la de
militares.
A
pesar de muchos precedentes y continuidades, las guerras que están siendo
peleadas en la transición global representan transformaciones ulteriores
importantes de estos modelos dominantes de la era nacional-internacional. El
uso racional de la guerra como medios en los grandes conflictos interestatales
se hizo problemático a causa del advenimiento de las armas de destrucción
masiva, y se ha hecho más o menos anacrónico. Con la descolonización casi
completa y el colapso de la política comunista, las guerras de liberación
nacional y de transformación revolucionaria se han hecho menos y menos viables.
La guerra interestatal es considerada cada vez más como un recurso de los
Estados “renegados”, de los que el tipo paradigmático es el Irak de Sadam
Hussein, que ha iniciado dos de las más graves guerras de los últimos veinte
años y está entre los más decididos en el desarrollo de armas de destrucción
masiva (sigue habiendo, sin embargo, muchos Estados poderosos con la capacidad
de librar guerras en una escala aterrorizante, y sería prematuro en descartar
nuevas guerras devastadoras entre Estados).
En
tanto que muchas guerras de los noventa han tenido aspectos interestatales, ha
habido una tendencia creciente a que las guerras se conviertan primariamente en campañas de violencia
en contra de los civiles, libradas por partidos, grupos y elementos de aparatos
estatales en descomposición; a menudo en nombre de grupos étnicos o tribales.
El nazismo es lo más cercano a esta nueva manera de hacer la guerra dentro del
viejo canon. La definición de los judíos (una población civil en ciudades,
pueblos y aldeas esparcida por toda Europa central y oriental) como enemigos,
aparecía como irracional por los criterios de la guerra interestatal
convencionales de aquel tiempo. Es en cambio casi un modelo racional según los
criterios de la manera contemporánea de hacer la guerra, al menos en el sentido
de que era, como los objetivos convencionales de ella, una meta perseguida
metódicamente por un gran aparato estatal centralizado.
En
los principios de la era global, el genocidio se ha hecho casi universal, pero
ha sido una práctica más localizada de grupos mucho más abigarrados. Las altas
autoridades políticas han orquestado el genocidio, como siempre, pero la
implementación ha sido mucho más desorganizada y descentralizada. Estos son
genocidios del tipo “hágalo usted mismo”, cometidos por paramilitares, bandidos
y agentes de seguridad autonombrados; así como por unidades militares
regulares, incrustados en redes de corrupción, mercado negro, pandillas que
venden protección, traficantes de armas y de drogas. Si los genocidas actúan
racionalmente no es solamente en términos de un plan maestro centralizado, sino
en los de proyectos locales e individuales de autoengrandecimiento, venganza, etcétera.
La
manera contemporánea de hacer la guerra involucra formas degeneradas de los modelos bélicos aplicados en la era
nacional-internacional. Los Estados ya no se pelean mutuamente en conflictos
abiertos, sino que apoyan (a menudo indirectamente) genocidios en contra de sus
propios civiles o de los de territorios vecinos. Los Estados ya no movilizan
economías y sociedades nacionales, sino que las guerras surgen más bien de la
desintegración de tales marcos nacionales; que hace que las autoridades centralizadas
ya no sean capaces de recaudar impuestos y reclutar soldados. Las fuerzas
armadas regulares están en decadencia, y necesitan a menudo el apoyo de
paramilitares, unidades locales de autodefensa y mercenarios extranjeros. El
armamento es de pequeña escala, pero también de alta tecnología. Esta forma de
hacer la guerra toma prestados elementos tanto de la guerra de guerrillas como
de la contra-insurgente del periodo anterior, pero el grupo que la lleva a cabo
busca el desplazamiento de población tanto como el control territorial. En
lugar de instituir un programa de cambio social ideológicamente fundamentado,
se pretende tener una legitimidad “democrática”, basada en la identidad de una
población homogeneizada a la fuerza. Las poblaciones desplazadas hacen crecer
los campos de refugiados en los territorios vecinos.
La
guerra degenerada no produce o moviliza, sino que más bien intercambia, saquea
y roba. Como lo muestra Kaldor (1997,1998), la producción local generalmente se
derrumba en las zonas de guerra, con algunas excepciones de productos primario
particularmente lucrativos que están protegidos, como las drogas y los metales
preciosos. La transferencia local de activos, en los que las clases medias
urbanas en particular se ven obligadas por la inflación y la escasez de ciertos
bienes a disponer de propiedad raíz y de artículos valiosos a precios de barata
para poder comprar lo más necesario, es una manera legal de financiar una
guerra. Pero las requisiciones locales rara vez son suficientes. La ayuda
exterior de varias clases (envíos de personas que trabajan en el extranjero y
ayuda de comunidades de esos pueblos en otros países, apoyo de Estados patrocinadores, y los impuestos o despojos a la
ayuda humanitaria, es esencial para seguir adelante con una guerra degenerada.
El círculo se cierra con transportes de producción militar, cada vez más
organizados en un mercado mundial competitivo de armamentos.
A
las formas de guerra degenerada corresponden transformaciones de la actividad
militar en el mundo pacificado y particularmente en Occidente. La principal
función militar real del Estado llega a ser la que ha sido descrita como
pacificación o aplicación forzosa de los acuerdos de paz, aunque en realidad
tales designaciones pueden ser desorientadoras, ya que a menudo en las nuevas
guerras no hay paz que conservar antes de que entren las fuerzas de las
Naciones Unidas o de Occidente. En realidad, de lo que se trata es de actuar
como policías del mundo o de lo que Kaldor (1998) ha llamado “aplicación
cosmopolita forzosa de la ley”: la aplicación forzosa de normas globalmente
legítimas en general y del derecho internacional en particular.
Las
instituciones militares en Occidente y en otras parte difícilmente se han
ajustado a estos nuevos papeles. Generalmente emplean todavía versiones
modificadas de los recursos y doctrinas que desarrollaron durante la Guerra
Fría. En alguna medida las exigencias del orden global emergente han reforzado
tendencias, como el movimiento hacia el fin del reclutamiento, que fueron
establecidas durante la Guerra Fría. En otros aspectos esas exigencias han
desafiado profundamente las doctrinas, prioridades y jerarquías de las fuerzas
militares. El énfasis en los sistemas de armamentos de gran escala,
sofisticados, cuyo principal ejemplo son las armas nucleares, resulta
anacrónico, y sólo se lo puede justificar como una extensión de la manera de
pensar de la “guerra imaginaria”, que llevada cada vez más lejos de la
realidad. El papel de las fuerzas aéreas en general, aunque no del todo
obsoleto, se hace muy problemático en la respuesta a situaciones políticas
locales que a menudo son muy complejas. Un énfasis en la política, la
negociación y el entendimiento es lo que prevalece actualmente, y ha llevado a
un sociólogo militar a ver al
“soldado-sabio” como el arquetipo del nuevo oficial (Moskos, 1992).
¿Hacia
una Globalidad sin Guerras?
El mundo contemporáneo está en las primeras
etapas del desarrollo de un orden global. El viejo orden político mundial
nacional-internacional ha sufrido una transformación fundamental en su corazón.
En el pacificado Occidente, las instituciones estatales nacionales e
internacionales son componentes de un enorme conglomerado de orden estatal,
cada vez más institucionalizado en formas que pretenden tener una legitimidad
tanto mundial como regional. Estas formas estatales globales están empotradas
en redes de poder económico, social y cultural, que tienden a abarcar todas las
áreas del mundo. Al mismo tiempo, en algunas regiones fuera del corazón
occidental ubicado en América del Norte, Europa occidental y Japón, tanto
guerras interestatales (notablemente en el Oriente Medio), como guerras
genocidas de fragmentación estatal (notablemente en África, regiones
exsoviéticas y los Balcanes) siguen siendo grandes peligros. No amenazan
únicamente a las personas de las zonas de guerra, sino a la estabilidad y
seguridad del orden global emergente.
La
extensión de la pacificación del amplio Occidente al resto del mundo no
occidental (nada menos que un proyecto de la abolición de la guerra) es
esencial para una globalidad estable. Es una tarea compleja y a largo plazo,
por supuesto, e involucra la extensión de todas las transformaciones del orden
mundial que han sido parte de los procesos globales hasta la fecha. Más
fundamentalmente aún, implica la expansión de la densidad, la coherencia y la
legitimidad de las instituciones estatales globales. La tarea que hay que
realizar es la consolidación de un robusto marco de relaciones de autoridad
global democrática que sean aceptadas por las instituciones estatales, los
grupos sociales de todas clases, y los individuos por todo el mundo. Esta meta
implica claramente transformaciones de los formas estatales locales, con la
consolidación de la democracia nacional y local, como corolario de la extensión
de la democracia en los niveles regional y global.
Esta
transformación requiere a su vez cambios sociales y económicos. Como reconoce
la Unión Europea al incorporar nuevos Estados-miembros, son necesarios criterios
comunes de desarrollo económico, cultura política y de derechos humanos para
que pueda haber estructuras comunes de autoridad. Con el fin de alcanzar tales
niveles, se deben dedicar recursos comunes a la reforma económica, social y
política en los Estados solicitantes. Rigen condiciones similares en principio
en el marco político global. Puesto que este marco no solamente es mucho más
grande, sino también mucho menos estricto, y que hay vastas discrepancias en
condiciones económicas y sociales así como de régimen político, la tarea es
muchísimo más exigente que el mismo proyecto europeo, tan complejo y difícil.
Ya que casi todas la unidades estatales son miembros de las Naciones Unidas,
sin embargo, y que la Declaración Universal de los Derechos Humanos se aplica a
todos los individuos dentro de estos Estados, al menos un bosquejo del marco
global existe ya. La tarea por realizar es la de extender y profundizar este
marco, de insertarlo en una comunidad mayor de instituciones económicas,
sociales, culturales y políticas, y de desarrollar instituciones y otros medios
de implementar la autoridad global.
Esto
involucrará, inevitablemente, dedicar los recursos de los centros más ricos de
la sociedad y del poder estatal, no solamente a resolver los problemas de las
áreas más pobres y débiles, sino al desarrollo de las mismas instituciones
globales. Entre las actividades que hay que desarrollar están la del manejo de
la guerra, por medio del que las nuevas instituciones y técnicas podrían
controlar y prevenir conflictos. En general, sin embargo, es mucho más
importante para tal control el hecho de desarrollar marcos económicos, sociales
y, sobre todo, políticos. Parte del gasto masivo de los grandes Estados en
armamento y soldados debería estar dedicado a nuevas formas de trabajo
policiaco, aplicación forzada de la ley y manejo de guerra globales, pero una
parte mayor debería ser empleada en usos no militares, al desarrollo global
político así como socioeconómico.
La
mayor paradoja del orden global emergente es, por supuesto, la renuencia de sus
líderes a asumir sus responsabilidades, a captar la necesidad y la posibilidad
de la transformación. El liderazgo global permanece insertado en la política
nacional de pequeños horizontes. Después de la primera década de la transición
global lo que sobresale es el modo reactivo del desarrollo institucional
global, y lo tardío y pobre de las respuestas a las crisis de la autoridad
global. Es casi seguro que en las próximas décadas la transformación global
seguirá estando condicionada por las crisis. En toda probabilidad sólo a través
de ulteriores cambios mayores en el orden global se impondrán las clases de
cambios radicales necesarios para construir relaciones estables de autoridad.
Únicamente enfrentándonos con la guerra degenerada de principios de la edad
global tendremos la oportunidad de alcanzar una globalidad madura, en la cual
la guerra deje de ser una forma importante de actividad social.
Acknowledgement
I have
benefited greatly from reading drafts of Mary Kaldor’s book, New and Old
Wars, and am indebted to much of her analysis in the later sections of this
article.
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